UN JUICIO EN PALESTINA

Le gustaba caminar de la mano de su padre. Pasear a su lado era posiblemente el mejor momento del día. Aferrado a su mano fuerte y rugosa, el mundo funcionaba de forma correcta y ningún mal podía alcanzarlo. Difícil imaginarse una caminata sin él a su vera. El abuelo protestaba cuando los veía. Al fin y al cabo, decía, tenía que aprender a hacer las cosas por sí mismo. No hacía falta que, todo el rato, todos estuvieran pendientes de él. Había cumplido ya trece años. Los demás niños de trece años hacía tiempo que corrían y saltaban sin necesidad de que nadie los acompañase.
Observó a su hijo y un ramalazo de dolorosa felicidad le corrió por la espalda. Estaba orgulloso de él. De sus logros. De su esfuerzo constante. Le había costado aprender a leer. Cierto. Pero lo había conseguido. Y el mismo valor y arrojo que demostró con la lectura estaba ahora empleando en asimilar los rudimentos de su oficio de panadero. Dentro de poco podría ayudarlo. Era para estar orgulloso. Puede que no hubiera crecido tanto como los demás niños, puede que no fuera tan despierto como ellos, y puede que su cuerpo rechoncho y torpe le restara habilidad, y sus manos anchas y cortas maña para las tareas ordinarias. Pero no lo cambiaría por ninguno más inteligente y capaz. Le gustaba caminar a su lado. Tomándolo de la mano. Y era raro el día que no daban un pequeño paseo antes de comer. Sí. Definitivamente le gustaba salir con su hijo de la mano.
Aquella mañana de incipiente primavera los senderos de los arrabales por los que solían vagar lucían con singular belleza. Los frutales comenzaban a florecer, las higueras en flor anunciaban las próximas brevas y las escuálidas palmeras que jalonaban los campos, a falta aún de frutos, ofrecían al menos algo de sombra frente al sol del mediodía.
Iniciaron el camino de vuelta tornando sin prisa sobre sus pasos. Se adentraron en las calles enlosadas a la sombra de las viejas paredes de piedra que conducen al centro de la ciudad. Los días de fiesta como aquel la plaza bulle de gente dedicada a los más variados menesteres. Sin embargo, esa mañana el gentío era inusualmente alto, incluso para ese particular día defiesta. Un grueso muro de personas se interponía en su paso cegando el camino de regreso. Santiago dudó. Su hijo lo miraba con gesto de interrogación. Podían dar un rodeo. Tenían tiempo de sobra. Claro que, si la razón de aquella aglomeración era algún tipo de teatro, allí iban a tener que plantarse hasta que la función acabara porque Mateo no iba a consentir en marcharse.
—Anda, mira a ver qué es lo que hay —concedió en tono obsequioso.
Mateo sonrió excitado guiñando de nuevo los ojos con gesto nervioso. Rozó con temor la espalda de la primera persona que de puntillas trataba de atisbar lo que sucedía unos metros más allá al otro lado del gentío. Cuando con muy mal genio el hombre giró la cabeza, dio un pequeño respingo de estupor, y de inmediato lo dejó pasar. Repitiendo esta labor con cuantos formaban aquel muro humano logró situarse junto a un niño de unos diez años que también contemplaba la escena.
—¿Qué está pasando? —le preguntó.
—Va a empezar el juicio —contestó en voz baja el niño sin apenas mirarlo.
Un juicio. Él sabía lo que era un juicio. Se lo había explicado su padre. Pero nunca había visto ninguno. Estupefacto, su atención quedó prendada del espectáculo que iba a dar comienzo. Recorrió con mirada maravillada cuantas figuras participaban en aquella solemne reunión. Entre todas sobresalía, en lo alto de las escaleras del atrio porticado, un altivo personaje vestido con lo que parecía una inmaculada sábana blanca, cuidadosamente plegada en múltiples dobleces, que tan solo dejaba ver unos pies calzados con lujosas sandalias. Llevaba la cabeza descubierta luciendo sin pudor su escaso pelo cano y su aspecto todo emanaba autoridad. Era desde luego el que allí mandaba pues varios soldados se movían de un lado a otro a las órdenes de sus manos.

Desconfió al momento de aquellos soldados de gesto hosco y malhumorado. Notó estremecido que los ropajes que vestían hacían un ruido extraño al moverse, como el frotar de unas cadenas sobre una alfombra de mimbre. Un sonido que le pareció desagradable y sombrío. Llevaban sobre las camisolas unas curiosas placas de metal rectangulares que cubrían su torso, y otras cruzadas sobre los hombros, y un casco dorado rematado con un vistoso penacho rojo. Al cinto de cada uno de ellos, junto a la falda, pendía envainada una espada.

Separados de los soldados, encabezando la muchedumbre, podía distinguirse un grupo de varones con pobladas barbas vestidos de forma muy distinta al gentío. Tocados con turbantes, cubiertos por paños de seda que caían hasta el suelo, en sus túnicas oscuras destacaban remates de hilo de oro y cuidados bordados que ponían de manifiesto su carácter preeminente. El grupo, dirigido por el de barba más larga y blanca, alzaba los puños a cada poco reclamando la atención del hombre de la sábana. Por alguna razón estaban muy molestos. El objeto de su irritación apareció pronto en escena conducido de muy malos modos por un soldado. Se trataba de un joven vestido con una sencilla y raída túnica que caminaba maniatado por las muñecas. Daba la impresión de sufrir un tremendo cansancio. Su entrada fue saludada por el grupo de los barbudos con gestos amenazantes y gritos muy poco amistosos. Mateo alzó la cabeza, disgustado. Gritar es de mala educación. Tampoco es correcto insultar ni reírse de los demás. Sintió al momento una oleada de simpatía y comprensión hacia el hombre de la túnica. Él sabía lo que era sufrir las burlas de los demás. Nunca se lo había dicho a su padre, pero a veces los niños lo empujaban en la calle y le llamaban retrasado. No era agradable. No lo era. Buscó con la vista a su padre entre las filas de personas que había dejado atrás en demanda de una explicación. Lo encontró después de un rato, unos metros más a la izquierda del lugar por el que se había colado hacía unos minutos. Le estaba haciendo gestos para que regresara con él.
Consiguió que su hijo lo viera y lo llamó con un gesto de la mano. De ordinario no hubiera hecho falta más, pero en aquella ocasión Mateo se mostraba reticente. Insistió repitiendo el gesto tratando ahora de parecer imperativo. No era buena idea que contemplara aquello. Con preocupación pudo comprobar que, además de lanzas y espadas, uno de los soldados llevaba un látigo en la mano. En casa se lo explicaría, pero ahora tenían que regresar. Lanzó la mirada a su hijo abriendo desmesuradamente los ojosmientras con la boca deletreaba una orden y con el dedo índice señalaba el suelo. Era preciso sacar a Mateo de allí.
Los soldados colocaron al joven maniatado frente al hombre de blanco; ambos se observaron. El joven humilló la cabeza, pero se mantuvo erguido en actitud expectante, como si aún no fuera su turno, como si tuviera unos instantes para meditar y respirar pesadamente. El individuo mayor dio un paso al frente exhibiendo su blanca vestimenta atropellada en su antebrazo derecho. Las voces se convirtieron en quedos diálogos, las palabras en susurros y los murmullos en cuchicheos. Al fin, en la plaza reinó una tensa calma. Algunos oyeron entonces la dolorosa respiración del joven atado por las muñecas. Fueron unos pocos. Los más asistieron estremecidos a las exigencias que el más señalado de los barbudos profirió con el puño en alto y la más estridente de las voces:
—Ese que ahí tienes va alborotando al pueblo, impide pagar tributos al César y dice que él es el Mesías, el Rey.
Sintió una sacudida en cuanto oyó las voces que habían quebrado con terrible violencia el silencio, y buscó refugió entre los espectadores pendiente de cuanto estaba ocurriendo. Aquel hombre maltratado no tenía la apariencia de un rey. Los reyes desfilan en blancos caballos, portan coronas de oro y visten túnicas de brillantes colores. Así son los reyes. Un rey nunca dejaría que le ataran las manos y lo trajeran humillado a una plaza para ser insultado y menospreciado por una pandilla de barbudos. De ninguna manera.
—¿Eres tú el rey? —preguntó el hombre mayor.
—Tú lo has dicho —respondió el joven.
—Entonces, ¿eres rey? —insistió de nuevo el viejo poniéndose muy pesado.
El joven de la túnica raída elevó lentamente el rostro, contempló con gesto sereno a quien lo interrogaba, y como una revelación que naciera a la luz de un lugar recóndito y oscuro respondió al fin:
—Mi reino no es de este mundo.
Bueno. La cuestión estaba finalmente aclarada y el problema resuelto. Parecía mentira que una cosa tan clara y una tontería tan grande mereciera tanta ceremonia. Mateo sonrió y se giró buscando con la mirada a su padre cuyas indicaciones para retirarse había obviado.
Sin embargo, el diálogo se reanudó súbitamente haciéndole olvidar de nuevo su endeble propósito de abandonar la plaza.
—Mi misión consiste en dar testimonio de la verdad —declaró el joven con voz serena—. Para eso nací y para eso vine al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz.
—La verdad —replicó escéptico el otro—. ¿Qué es la verdad?
Le preocupó que su amigo, el hombre maniatado, predicara la verdad como razón de su existir. Decir la verdad era algo peligroso. Había tenido malas experiencias con ese tema. Él siempre decía la verdad. No confiaba en que esto tuviera mucho mérito, porque lo cierto es que no podía hacer otra cosa. Cuando había intentado mentir, se le ponía la cara colorada como un tomate y la lengua comenzaba a trabucársele aún más de lo normal condenándolo así por siempre a la más trabajosa sinceridad. Quizá por esta causa simpatizaba todavía más con aquel hombre que compartía su condena a convivir con la verdad.
—No encuentro culpa alguna en este hombre —sentenció el hombre mayor.
—¡Crucifícalo! —gritaron al unísono el coro de encolerizados barbudos en respuesta a cualquier vacilación—. ¡Crucifícalo! —repitieron alzando los puños crispados a un cielo que comenzaba a tornarse gris.
Las fuertes voces consiguieron asustarlo. No es que tuviera conocimiento cabal sobre lo que ese grupo de notables pedía con tanta furia, pero no podía ser nada bueno. Desde luego, querían que el joven fuera castigado. Al parecer se habían tomado muy en serio que afirmara ser rey. Y seguro que estaban molestos por esta causa. No le pareció que fuera tan grave. Exigir con tremendos gritos el mal de otra persona, no era algo bueno. Pero hacerlo por una tontería así resultaba en extremo chocante.
Había perdido de vista a Mateo. No se inquietó en demasía porque sin duda estaba allí, unas filas más adelante. Seguramente detrás de la mujer del pañuelo oscuro. Pero no conseguía localizarlo. Todavía le causaba cierta aprensión que escapara a su control despegándose de su regazo más de un par de metros. Retrocedió unos pasos y se subió a unas piedras arrumbadas junto a la pared intentando atisbar algo tras las cabezas de la multitud. Lo encontró a pocos metros a su derecha, atento a cuanto sucedía delante del atrio.
—Me habéis traído a este hombre acusándolo de alborotar al pueblo. Pero no lo encuentro culpable de ninguna de las acusaciones que le hacéis. ¿Qué mal ha hecho?
—¡Crucifícalo! —fue la respuesta de los más exaltados.
El hombre de blanco miró al joven y en su semblante apareció dibujada la duda.
—Tenéis por costumbre que os ponga en libertad en este día de fiesta a un prisionero. ¿Acaso no preferís que deje en libertad a vuestro rey que a este otro?
—¡No es nuestro rey! —respondieron los barbudos—. ¡Deja en libertad a este!
El favorecido por los deseos de los vociferantes prorrumpió en tremendas carcajadas exhibiendo los puntiagudos dientes mellados por la podredumbre que defendían su boca. Al comprobar estupefacto que era el elegido por la plebe levantó en reconocimiento sus cadenas agitándolas victorioso en una música estridente y siniestra.
Y sucedió que, tras unos instantes de vacilación, demostrando que los gobernantes rara vez se rinden a la voluntad del pueblo, pero son incapaces de resistir la morbosa tentación de colocarse a la cabeza de los apetitos y los gritos del populacho, con un simple gesto de la mano ordenó la libertad perversa del criminal.
Luego se hizo el silencio. Un silencio tan profundo que dejaba oír el leve roce de las sandalias de aquel pobre hombre, mientras lo conducían hasta una especie de estrecha columna de piedra que no levantaría más de un metro. Allí lo ataron sin contemplaciones y luego un soldado le rasgó la túnica dejando su espalda al descubierto.
Del grupo de uniformados se destacó con gesto fiero el que más plumas portaba en el casco. Mateo lo observó con desconfianza. Sin duda iba a hacer algo. Su rostro expresaba un gran enfado. Se fijó en sus manos; eran fuertes y grandes, daban miedo…, y atenazaban un palo corto del que se descolgaban varias lianas. El soldado se colocó junto al joven, atado ahora a la columna, y alzó el palo exhibiéndolo orgulloso para que todos lo vieran. Mateo siguió con sus ojos fascinados aquel objeto, símbolo al parecer de autoridad y de justicia. Cuando, de súbito…
Todas las cuerdas atadas al palo se estrellaron violentamente contra la espalda del joven estallando en un chasquido brutal que resonó por cada uno de los rincones de la plaza.
Mateo saltó hacia atrás como si hubiera sido él mismo quien sufriera el latigazo. Sintió al momento un dolor desconocido en el pecho y hubo de respirar con fuerza para intentar que sus pulmones siguieran recibiendo aire. Miró al cielo buscando una respuesta. Era un sueño. Había soñado que estaban golpeando al hombre de la túnica. Un sueño doloroso y cruel que le causaba una gran desazón. Un sueño. Si cerraba los ojos todo volvería a la normalidad y las pesadillas desaparecerían. Solo era un sueño. Una pesadilla.
Apenas tuvo tiempo de cerrar los párpados unos instantes cuando un segundo chasquido rasgó de nuevo el silencio de la mañana…, acompañado esta vez por un amargo lamento.
Abrió los ojos de inmediato, incapaz aún de aceptar que lo que estaba ocurriendo fuera real. El soldado no había desaparecido y levantaba el palo dispuesto a seguir con su castigo ante la mirada compungida de la mayoría de los presentes. Un tercer golpe reventó en sus oídos convirtiendo la duda en determinación. ¿Cómo era posible que nadie hiciera nada? Todos parecían resignados. Todos. Un nuevo latigazo hizo que levantara estremecido las orejas como el galgo que oye el silbido del cazador. Aturdido, el calor de una mano sobre su hombro lo sacó de su estado de desorientación.
Volvió la cabeza y encontró el rostro de su padre a pocos centímetros. Sus manos trataban suavemente de obligarlo a retirarse. Comprobó desolado que tampoco su padre tenía intención de intervenir. Fue entonces cuando, sin que su voluntad tuviera participación alguna, respondiendo a un impulso que sintió como algo inevitable, como algo necesario…, comenzó a correr.

A los pocos segundos se contempló a sí mismo abrazando con gesto protector a aquel hombre a quien estaban azotando.
Un murmullo de estupefacción llenó la plaza. El soldado rindió el látigo mirando a su alrededor en busca de alguien que le mostrara cómo debía comportarse. Después de unos momentos de indecisión, optó por acercarse a aquel muchacho con síndrome de Down que protegía con su cuerpo al sorprendido joven atado a la columna. Mateo no se arredró ante la imponente presencia del centurión. Apretando los labios, levantó firme la palma de su mano derecha enfrentándola al soldado, quien de inmediato se detuvo pidiendo a sus compañeros ayuda con la mirada. Cuando el niño comprobó que el peligro había cesado, se abrazó de nuevo con toda la fuerza de sus débiles brazos al asombrado hombre de la túnica.
Durante unos segundos un punzante silencio se adueñó del ánimo de los presentes convirtiéndolos en doloridas estatuas. Nadie consentía en moverse; tal vez porque nadie deseaba que ese abrazo terminara. Únicamente los pájaros siguieron piando imperturbables, ajenos a todo. Los cientos de estremecidos ojos que contemplaban la escena, la mayoría ahora húmedos y brillantes, eran incapaces de desplazarse un milímetro del turbador cuadro que formaban el niño y el hombre atado a la columna. Tan solo la suave brisa mecía las túnicas de los actores que participaban en aquel drama.
Una notable algarabía sustituyó al silencio cuando los teléfonos móviles y las cámaras fotográficas de los espectadores que habían acudido a la representación, comenzaron a registrar aquella tan distinta a la que todos los años se daba el viernes santo.
Cuando estuvo a la altura de su hijo, le alborotó el pelo despeinándolo completamente, luego se inclinó y sonriendo le habló con voz que trató de ser tranquilizadora:
—Tenemos que irnos.
Mateo examinó desconfiado uno por uno a los soldados romanos que los rodeaban y negó con la cabeza aferrándose con más fuerza al petrificado actor que representaba ahora a un Jesús desconcertado y conmovido. Santiago hizo entonces un gesto con la mano y todos comprendieron. Cuando no quedó en la plaza ni rastro de presencia romana, el niño de deshacer los nudos que todavía maniataban a su amigo. Su padre lo ayudó en su misión liberadora. El actor, ataviado según la más clásica iconografía de cualquier semana santa, se dejó hacer emocionado, y en pocos minutos las cuerdas cayeron al suelo provocando un estruendoso aplauso entre el público que contemplaba expectante los afanes de padre e hijo.
De camino a casa, Mateo sonreía. Santiago supo luego que la representación de la Pasión de aquel año no se reanudó. Frente a la verdad todo teatro es impostado. Y la verdad esa mañana había estado en los ojos de su hijo. Él no era religioso, tampoco había cuidado de que Mateo recibiera enseñanza de religión en el colegio laico al que asistía. Pero aquella mañana había visto algo en los ojos de su hijo que le produjo una impresión perturbadora. Él no era religioso. No lo era. Nunca había llegado siquiera a intuir a Dios.
Pero si Dios existía, si de verdad existía, no podía estar muy lejos de lo que aquel día, aquella mañana, contempló fugazmente en los dolientes ojos rasgados de su hijo.

EL CUMPLEAÑOS

Mañana hago cinco años. Mamá no dejó de repetírmelo ayer cuando me caí en el jardín. Ya soy un niño mayor y debo ser valiente y no ponerme a llorar por un rasguño de nada en la rodilla. También esto me lo dijo mamá levantando mucho las cejas mientras me curaba la herida con una toallita húmeda de las de limpiar el culo al bebé.
No me hizo ninguna gracia que mamá me hablara así. Yo quiero que me levante siempre que me caiga. Pero no. «Tu madre no va a estar toda la vida pendiente de levantarte del suelo». No sé por qué dijo eso. Me asustó mucho que fuera capaz de decirme una cosa tan fea. La culpa la tiene el bebé. A ver por qué razón no puedo yo llorar cuando me caigo, si él se tira el día berreando sin ningún motivo y a todo el mundo le falta tiempo para inclinarse sobre la cuna y hacer gestos idiotas.
No me gusta el bebé. No me gusta nada.
A mí ahora nadie me hace ni caso. Solo el abuelo se entretiene conmigo. Pero con el abuelo me aburro, a mí lo que me gusta es jugar al futbol. A mi amigo Ricardito le han regalado por su cumpleaños el balón del mundial. Yo también quiero el balón del mundial. Seguro que nadie se acuerda de comprármelo.

Mi cumpleaños va a ser un asco por culpa del bebé. Se lo podríamos dejar a los vecinos por un día. Digo yo. Son muy majos y se quedaron con los peces cuando nos fuimos de vacaciones. No sé. Algo habría que hacer para que no apareciera por casa mañana.
Algo hay que hacer. Me levanto de mi cama donde todos los días duermo la siesta y tras recorrer el pasillo con cuidado de no hacer ningún ruido, empujo la puerta del jardín. Mamá se ha quedado dormida en la tumbona. A su lado, en el suelo, está el artefacto en el que se oye llorar al bebe. No se escucha nada. Eso es señal de que también, el muy mocoso, se ha dormido. Voy a ver.
En la habitación de mis padres encuentro la cuna diminuta donde lo meten. Descubro que el aparato en el que se oye llorar está colocado en una de las mesillas. El bebé duerme boca arriba con la cara ladeada hacia mí. Me acerco a las rejas de la cuna y aferrado a ellas lo miro a su través. Es tan feo el pobre. No se da cuenta de las molestias que causa. Lo mismo lo puedo llevar a la leñera y dejarlo allí durante el cumpleaños. ¡Qué buena idea! Si no está en casa nadie tendrá que atenderlo y mamá podrá prepararme bien mi fiesta. Total, por un día que se quede en la leñera nadie se va a enfadar.
Intento mover la cuna y poner en práctica mi plan. Nada. Tan solo consigo que tiemble un tanto y que el bebé estire el cuello y mueva las piernas. Voy a por mi silla. Está en la cocina. La veo arrimada a la pared cerca de la puerta. Qué bien. Es extraño porque el techo está completamente tapado por un humo muy negro que sale del sitio en donde mamá hace los bizcochos. Es la primera vez que veo tanto humo. Y tan negro. Qué raro. Aunque es una suerte que todavía no ocupe toda la cocina. Si sigue saliendo tanto humo dentro de poco no se verá nada. No hubiera podido coger la silla. El humo me provoca tos así que procuro irme en seguida. Arrastro la sillita hasta la habitación y consigo colocarla al lado de la cama. Abrazo al bebé por la cintura y aprieto fuerte su pequeño cuerpecito contra el mío sacándolo al fin de su blandito colchón para dejarlo descansar sobre la alfombra.
Compruebo que de esta manera puedo trasladarlo sin problemas. Será fácil sacarlo hasta el jardín arrastrando la alfombra y llevarlo así hasta la leñera. Salgo de la habitación y me doy de bruces con un tremendo vendaval de humo negro que sale de la cocina y tapa completamente la salida al jardín. La oscuridad avanza rápidamente hacia nosotros y de la cocina sale un ruido cada vez más fuerte, un chisporroteo como el de arrugar un papel. Noto un calor desacostumbrado en el pasillo.
Consigo levantar al bebé y abrazándolo fuerte sacarlo por la otra puerta. Intento que no se me caiga echándome hacia atrás y levantando la cabeza hacia el cielo. Pesa una barbaridad y lo peor es que no deja de moverse. Ha empezado a llorar como si yo lo fuera a matar. Doblo la esquina de la casa que da al jardín. Mamá no está en su hamaca. Un grito espantoso me deja helado.
Giro la cabeza hacia el lugar de donde proviene el ruido y me aprieto cuanto puedo al cuerpo del bebé. Es mamá.
Está junto a la puerta del jardín y grita porque no puede abrirla. Por la ventana sale una enorme nube de humo oscuro como si la casa entera fuera una chimenea. Mamá no deja de dar horribles chillidos y al fin rompe el cristal de la puerta a puñetazos. El bebé berrea a pleno pulmón, pero no lo oye.

Estoy muy asustado. Noto que en la garganta se me forma un puchero y comienzo a hipar. No quiero que mamá grite así. Me da miedo. Cierro los ojos y comienzo a llorar más fuerte aún que el bebé. Escondo mi cara detrás de su cabecita pelona y temblando sollozo en su cuello. Noto que me faltan las fuerzas y que el bebé se me escurre. De pronto, cuando está a punto de caer al suelo, como por arte de magia su cuerpo se eleva hasta las nubes haciendo que mis manos lo sigan alzándose tras su estela.
Así, con los ojos cerrados, muerto de miedo y las manos en alto, permanezco unos instantes hasta que yo mismo asciendo hasta encontrarme con el bebé junto a la cara de mamá que nos besa a los dos una y otra vez. Se ríe y llora a la vez que es cosa muy complicada de hacer. Yo también lloro y ya no quiero llevar el bebé a la leñera.
Pasado un rato, el jardín se llena de gente. Papá acaba de llegar y se abraza con todo el mundo. Me dice que soy un héroe, pero yo no sé lo que es un héroe y estoy casi seguro de que no tiene nada que ver con mi cumpleaños. Los vecinos parlotean y se ríen por turnos, y a cada poco abrazan a mamá o a papá. Es todo muy raro.
Yo estoy muy triste. La casa está toda negra por dentro y no se puede entrar. Ha venido un camión rojo que ha dejado el jardín hecho una porquería convirtiéndolo en un barrizal de espuma, y un señor con una cruz también roja en la espalda ha envuelto las manos de mamá en unos trapos blancos. Así no va a poder hacerme el pastel de cumpleaños. Arrugo los labios. Estoy harto de que me besuquee todo el que pase a mi lado y me digan cosas idiotas como que he vuelto a nacer. Mañana es mi cumpleaños. Nadie se acuerda ya. Me pongo en cuclillas y escondo la cabeza entre las rodillas lloriqueando desconsoladamente.
Papá se agacha a mi lado y pone su mano sobre mi hombro. Aprovecho para redoblar los lloros ahora que tengo quien me presta atención.
—Tengo una sorpresa para ti —anuncia para conseguir mi atención—. ¿A que no sabes de qué se trata?
Papá a veces es así. Dice cosas un poco tontas. Si es una sorpresa, ¿cómo voy a saber lo que es? Pero yo lo quiero a pesar de todo, aunque no contesto, claro; aprovecho para sonarme los mocos con el pañuelo que me ofrece.
—Mañana tenemos preparada una estupenda fiesta de cumpleaños en casa de los abuelos, vendrán todos tus primos y también tus amigos. Y podréis jugar con el balón del mundial que tanto me has pedido. ¿Qué te parece?
Levanto la vista hacia su cara. No tiene buen aspecto. Le tiemblan un poquito los labios.
—Me parece bien —respondo enfurruñado mirando al suelo.
Al final va a resultar que no hacía falta dejar al bebé en la leñera.
FIN
