EL CUMPLEAÑOS

Mañana hago cinco años. Mamá no dejó de repetírmelo ayer cuando me caí en el jardín. Ya soy un niño mayor y debo ser valiente y no ponerme a llorar por un rasguño de nada en la rodilla. También esto me lo dijo mamá levantando mucho las cejas mientras me curaba la herida con una toallita húmeda de las de limpiar el culo al bebé.
No me hizo ninguna gracia que mamá me hablara así. Yo quiero que me levante siempre que me caiga. Pero no. «Tu madre no va a estar toda la vida pendiente de levantarte del suelo». No sé por qué dijo eso. Me asustó mucho que fuera capaz de decirme una cosa tan fea. La culpa la tiene el bebé. A ver por qué razón no puedo yo llorar cuando me caigo, si él se tira el día berreando sin ningún motivo y a todo el mundo le falta tiempo para inclinarse sobre la cuna y hacer gestos idiotas.
No me gusta el bebé. No me gusta nada.
A mí ahora nadie me hace ni caso. Solo el abuelo se entretiene conmigo. Pero con el abuelo me aburro, a mí lo que me gusta es jugar al futbol. A mi amigo Ricardito le han regalado por su cumpleaños el balón del mundial. Yo también quiero el balón del mundial. Seguro que nadie se acuerda de comprármelo.

Mi cumpleaños va a ser un asco por culpa del bebé. Se lo podríamos dejar a los vecinos por un día. Digo yo. Son muy majos y se quedaron con los peces cuando nos fuimos de vacaciones. No sé. Algo habría que hacer para que no apareciera por casa mañana.
Algo hay que hacer. Me levanto de mi cama donde todos los días duermo la siesta y tras recorrer el pasillo con cuidado de no hacer ningún ruido, empujo la puerta del jardín. Mamá se ha quedado dormida en la tumbona. A su lado, en el suelo, está el artefacto en el que se oye llorar al bebe. No se escucha nada. Eso es señal de que también, el muy mocoso, se ha dormido. Voy a ver.
En la habitación de mis padres encuentro la cuna diminuta donde lo meten. Descubro que el aparato en el que se oye llorar está colocado en una de las mesillas. El bebé duerme boca arriba con la cara ladeada hacia mí. Me acerco a las rejas de la cuna y aferrado a ellas lo miro a su través. Es tan feo el pobre. No se da cuenta de las molestias que causa. Lo mismo lo puedo llevar a la leñera y dejarlo allí durante el cumpleaños. ¡Qué buena idea! Si no está en casa nadie tendrá que atenderlo y mamá podrá prepararme bien mi fiesta. Total, por un día que se quede en la leñera nadie se va a enfadar.
Intento mover la cuna y poner en práctica mi plan. Nada. Tan solo consigo que tiemble un tanto y que el bebé estire el cuello y mueva las piernas. Voy a por mi silla. Está en la cocina. La veo arrimada a la pared cerca de la puerta. Qué bien. Es extraño porque el techo está completamente tapado por un humo muy negro que sale del sitio en donde mamá hace los bizcochos. Es la primera vez que veo tanto humo. Y tan negro. Qué raro. Aunque es una suerte que todavía no ocupe toda la cocina. Si sigue saliendo tanto humo dentro de poco no se verá nada. No hubiera podido coger la silla. El humo me provoca tos así que procuro irme en seguida. Arrastro la sillita hasta la habitación y consigo colocarla al lado de la cama. Abrazo al bebé por la cintura y aprieto fuerte su pequeño cuerpecito contra el mío sacándolo al fin de su blandito colchón para dejarlo descansar sobre la alfombra.
Compruebo que de esta manera puedo trasladarlo sin problemas. Será fácil sacarlo hasta el jardín arrastrando la alfombra y llevarlo así hasta la leñera. Salgo de la habitación y me doy de bruces con un tremendo vendaval de humo negro que sale de la cocina y tapa completamente la salida al jardín. La oscuridad avanza rápidamente hacia nosotros y de la cocina sale un ruido cada vez más fuerte, un chisporroteo como el de arrugar un papel. Noto un calor desacostumbrado en el pasillo.
Consigo levantar al bebé y abrazándolo fuerte sacarlo por la otra puerta. Intento que no se me caiga echándome hacia atrás y levantando la cabeza hacia el cielo. Pesa una barbaridad y lo peor es que no deja de moverse. Ha empezado a llorar como si yo lo fuera a matar. Doblo la esquina de la casa que da al jardín. Mamá no está en su hamaca. Un grito espantoso me deja helado.
Giro la cabeza hacia el lugar de donde proviene el ruido y me aprieto cuanto puedo al cuerpo del bebé. Es mamá.
Está junto a la puerta del jardín y grita porque no puede abrirla. Por la ventana sale una enorme nube de humo oscuro como si la casa entera fuera una chimenea. Mamá no deja de dar horribles chillidos y al fin rompe el cristal de la puerta a puñetazos. El bebé berrea a pleno pulmón, pero no lo oye.

Estoy muy asustado. Noto que en la garganta se me forma un puchero y comienzo a hipar. No quiero que mamá grite así. Me da miedo. Cierro los ojos y comienzo a llorar más fuerte aún que el bebé. Escondo mi cara detrás de su cabecita pelona y temblando sollozo en su cuello. Noto que me faltan las fuerzas y que el bebé se me escurre. De pronto, cuando está a punto de caer al suelo, como por arte de magia su cuerpo se eleva hasta las nubes haciendo que mis manos lo sigan alzándose tras su estela.
Así, con los ojos cerrados, muerto de miedo y las manos en alto, permanezco unos instantes hasta que yo mismo asciendo hasta encontrarme con el bebé junto a la cara de mamá que nos besa a los dos una y otra vez. Se ríe y llora a la vez que es cosa muy complicada de hacer. Yo también lloro y ya no quiero llevar el bebé a la leñera.
Pasado un rato, el jardín se llena de gente. Papá acaba de llegar y se abraza con todo el mundo. Me dice que soy un héroe, pero yo no sé lo que es un héroe y estoy casi seguro de que no tiene nada que ver con mi cumpleaños. Los vecinos parlotean y se ríen por turnos, y a cada poco abrazan a mamá o a papá. Es todo muy raro.
Yo estoy muy triste. La casa está toda negra por dentro y no se puede entrar. Ha venido un camión rojo que ha dejado el jardín hecho una porquería convirtiéndolo en un barrizal de espuma, y un señor con una cruz también roja en la espalda ha envuelto las manos de mamá en unos trapos blancos. Así no va a poder hacerme el pastel de cumpleaños. Arrugo los labios. Estoy harto de que me besuquee todo el que pase a mi lado y me digan cosas idiotas como que he vuelto a nacer. Mañana es mi cumpleaños. Nadie se acuerda ya. Me pongo en cuclillas y escondo la cabeza entre las rodillas lloriqueando desconsoladamente.
Papá se agacha a mi lado y pone su mano sobre mi hombro. Aprovecho para redoblar los lloros ahora que tengo quien me presta atención.
—Tengo una sorpresa para ti —anuncia para conseguir mi atención—. ¿A que no sabes de qué se trata?
Papá a veces es así. Dice cosas un poco tontas. Si es una sorpresa, ¿cómo voy a saber lo que es? Pero yo lo quiero a pesar de todo, aunque no contesto, claro; aprovecho para sonarme los mocos con el pañuelo que me ofrece.
—Mañana tenemos preparada una estupenda fiesta de cumpleaños en casa de los abuelos, vendrán todos tus primos y también tus amigos. Y podréis jugar con el balón del mundial que tanto me has pedido. ¿Qué te parece?
Levanto la vista hacia su cara. No tiene buen aspecto. Le tiemblan un poquito los labios.
—Me parece bien —respondo enfurruñado mirando al suelo.
Al final va a resultar que no hacía falta dejar al bebé en la leñera.
FIN
